Disertaciones religiosas

agosto 30, 2009 en 11:13 PM | Publicado en Los días nada interesantes, Los tiempos para recordar, OMG | Deja un comentario

Hoy hice enojar a una monja. Y no es que fuera intencional (aunque de hecho dio ésa impresión). Pero es que el asunto de esto de las religiones de puerta en puerta es algo que es tan ‘cabreante’, que simplemente no pude resisitirme.

Una de las formas más fáciles de hacer enfadar a un religioso es cuestionar su religión. Poner en duda su autenticidad y hacerle preguntas. Muchas preguntas. Y cuando dichos cuestionamientos son sacados únicamente del libro sagrado de la persona religioso/fanática (leáse Biblia, Corán o el manga de Naruto), la receta para el cabreamiento del susodicho(a) es instantánea, oiga. Y aparte, es muy divertido.

Pero no se crea que mi intención desde el principio fue ésa. De hecho, yo estaba muy tranquilo releyendo Robinson Crusoe (un libro entretenido para pasar un par de tardes), cuando mi madre me llama preguntándome acerca de cierto versículo de la Biblia. Y es que desde que mi madre también comenzó a leer más (especialmente el “500 años fregados pero cristianos“, de Rius), le ha dado por no creerse todo lo que la iglesia católica dice. Y ésta vez no fue la excepción. Y se le ocurrió que yo saliera, pues a la sazón la moja de la que hablo tocó a nuestra puerta a la testigo de Jehová queriendo hablarnos de religión. Y yo, que no quería dejar a mi progenitora a la merced de la religiosa, salí.

Y comenzó el borlote. Preguntas y respuestas evasivas a mansalva. Cuando pregunté el por qué de varias aberraciones hechas por el dios católico, ella respondió que él tenía sus razones para hacerlo. Pregunté sobre otras tantas que ha hecho la iglesia católica, me respondió que no tenía idea que pasara eso. Y cuando cuestioné el por qué debería de creerles a ellos y no a otras religiones, me dijo que yo era muy soberbio y que así, en ‘mi corazón’ (sic) no entraría el Señor. Con dos cojones.

Para éste punto las cosas ya se habían puesto muy surrealistas. Mi progenitora comenzó también a hablar y como lo que yo dijera incomodó sobremanera a la religiosa, procedió a ignorarme mientras alegaba con mi madre. Vamos, que aparte de sendas miradas furibundas que me dirigía, intentó no hacerme más caso. Pero como resulta que vengo de una familia la mar de molona, a la que no se le puede hacer callar fácilmente, tuvo que seguir escuchando mis cuestionamientos. Por que sólo hice eso. No grité, no insulté directamente y que yo sepa, no hice nada que rompiera las normas de la ‘educación’. Pero se cabreó. Y con ganas.

Al final, la mujer se fue pisando en blandito y murmurando cosas en arameo mientras mi madre y yo alucinábamos pepinillos. Y todo por lo absurdo del asunto. Que un testigo se nos saque de onda ya lo hemos visto mucho. Pero cuando esto pasa con una monja y que aparte no se queda en mosqueo, si no que es encabronamiento verdadero, pues es cosa para ver, oigan.

Pero fue leve. No hubo golpes, ni nada parecido. Únicamente una serie de preguntas ‘incómodas’ (para la monja, claro está). Eso sí, supongo que ahora tendré que andar con cuidadito, que en una de esas la mencionada junta a una turba iracunda y son capaces de querer lincharme. Pero no creo. Al fin y al cabo la religión católica predica el amor entre semejantes y la iglesia nunca ha cometido crueldades hacia otros humanos, ¿cierto? 😉

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